16/2/10

Objeto de afecto




La hija
Gisela Antonuccio
Norma
2009




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Una madre que muere en verano en un pueblo. De eso se trata La hija, la primera novela de Gisela Antonuccio, relato en primera persona en el cual la narradora-hija describe el velorio y entierro de su madre en Malabrigo, provincia de Santa Fe. Pero no es sólo eso. Es un texto que se detiene en las condiciones más elementales y materiales de los ritos después de la muerte: cómo es encontrar una persona muerta, los (des)acuerdos familiares, la compra del cajón, los servicios de la casa de sepelios, los preparativos de un velorio, la problemática de un entierro un fin de semana largo. Pero, además, las particularidades de las elecciones: decidir velar a la madre en la propia casa y trasladarla al cementerio en Resistencia en la camioneta familiar.


“Si la gente te preguntara cómo es tu madre, ¿qué le dirías?”. Esta pregunta es, finalmente, lo que dispara y concentra el texto. Pero “la hija” no sólo relata cómo era su madre, sino que se produce un desvío: los modos posibles de contarlo.


2


El desenlace lo conocemos desde el comienzo: la madre de la narradora-hija ha muerto. Sin embargo, uno de los mayores logros del texto es el funcionamiento del tiempo, que sin dejar de generar una lectura fluida, tiene manejos muy interesantes. La historia se organiza en casi treinta apartados relativamente breves. El primero instala temporalmente la acción en el viaje hacia el cementerio en la camioneta familiar. El segundo vuelve al pasado y relata cómo fue el descubrimiento del cuerpo muerto. Después ya se inserta el primer flashback que narra una de las anécdotas centrales y estructuradoras de la historia: el recuerdo de las enseñanzas de la primera vez que nadó con la madre. El tercer apartado retoma la secuencia de acciones previas al traslado al cementerio. Y en los apartados siguientes continúa temporalmente en el día anterior. La trama central de acciones se concentra, básicamente, en esos dos días. El primer apartado empieza en el segundo día. Y ya desde el segundo apartado hasta el XXIV se detiene en el día previo y la noche del velorio. Hacia el final de la novela, se retoman los acontecimientos iniciados en el primer apartado. El último apartado es un salto dos meses después: una mañana en la vida de la narradora.


Aunque el relato se centra en las acciones que transcurren en esos días, se intercalan distintos “pasajes” a través de anécdotas, descripciones, rememoraciones, sueños y recuerdos. Esto permite contar diferentes tiempos de la vida tanto de la hija como de la madre de un modo sorprendentemente equilibrado. El juego temporal no confunde al lector sino todo lo contrario, hasta dinamiza la lectura.


Incluso, la novela cuestiona cuáles son los “tiempos de la muerte”. Y lo hace desde su misma composición, que distorsiona la concepción lineal del tiempo. El entramado temporal que se construye en el texto proyecta la posibilidad de pensar que la experiencia de la muerte de la madre articula en la narradora-hija la construcción de distintas temporalidades: “La noche del velatorio creí que si me concentraba en aquella imagen de mamá haciendo la torta podría borrar de mi mente el recuerdo de ese día, con la gente dando vueltas por la casa y asomándose al cajón para besarla”. De este modo, la categoría “tiempo” no funciona como algo dado sino como aquello que puede construirse, moldearse e incluso corroerse.


A partir de un lugar muy intuitivo (la muerte de la madre distorsiona, altera, conmueve el tiempo vital de un hijo), el texto trabaja con el par tiempo-muerte, pero no tanto desde su tematización sino desde su misma disposición/ construcción: “Concertarme en el día anterior, además, me distraía del miedo que me daba el día después”.


3


La hija es el relato del mundo interno de la narradora, pero a través de procedimientos formales que evitan el lugar común del regodeo en lo que “siente” ante la muerte de su madre. Es una novela construida desde la sutileza, que articula con precisión el uso de adjetivos y adverbios. La prosa fluye porque se desplaza la descripción de sentimientos a través de una mirada oblicua que se centra en las acciones. El relato es visual, casi plástico. Un texto construido con curvas. Las descripciones son enunciadas desde diferentes ángulos. La mirada de la narradora-hija oscila, se contradice. Alterna entre lo intuitivito, lo previsible, lo inesperado. Pero lo que persiste y unifica el tono es la elección por narrar desde la materialidad.


Aún siendo un texto escrito casi en su totalidad en primera persona, La hija es un relato de miradas. El flashback, la relación inductiva y la mirada cinematográfica son tres mecanismos que funcionan como “disparadores” del mundo interno de la protagonista. En medio de la secuencia central de acciones, el texto intercala recuerdos, evocaciones y sueños que retrotraen al lector a momentos del pasado. Este mecanismo funciona muchas veces por analogía, la incorporación de la anécdota del pasado permite “nombrar” el mundo interno de la protagonista: “Me paré y miré de cerca la cara de mamá. Me acordé de la vez que la operaron de apendicitis. Yo estaba en el cuarto de la clínica, esperando a que la trajeran del quirófano. Tenía quince años. Estaba preocupada. Siempre me ponía nerviosa si mamá se enfermaba. Cuando era muy chica y se quedaba acostada por alguna gripe le preguntaba ¿Ma, te vas a morir?”. Se coloca la tensión en la evocación del miedo a la pérdida que le produjo una operación de la madre para describir, de manera oblicua, la angustia actual ante su muerte.


En varios momentos la narración se enfoca sobre un objeto (una malla, una silla, una porción de torta): “Te voy a sacar estas tazas de acá, seguro que te molestan. Siempre fuiste una maniática del orden”. Este detenimiento permite relacionar un elemento particular con alguna característica de la personalidad de la madre.


No casualmente, hay en la narración algunos fragmentos que remiten casi al funcionamiento de una cámara de cine. Esto permite jugar entre el tiempo de la acción que se está relatando, la evocación del pasado y la analogía entre uno y otro a partir de una mirada integradora. Una de las secuencias más sólidas del texto está justamente construida a partir de este mecanismo: en un momento de la noche del velorio la narradora-hija sale al parque de su casa y evoca el recuerdo de su infancia en Buenos Aires, cuando ante un reto se subía a un árbol y el padre tenía que ir a buscarla y pedirle que baje. En contraste con esta construcción del parque como un lugar de refugio se despliega el relato de la acción actual: “Me saqué las sandalias, la pollera y la blusa, y me quedé en ropa interior, como cuando era chica. Casi desnuda, me subí hasta el árbol del fondo. Al principio me costó. Me raspé los pies y un poco las manos. Me senté en una rama que estaba medio floja. Me divirtió la idea de que se cayera (…) Escuché que mi hermano me llamaba. No respondí. Cuando lo escuché alejarse pegué un salto y bajé. Era la primera vez que nadie me esperaba abajo”.


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Líquido, gaseoso, sólido. Estados del agua que funcionan como motores de la narración de La hija. Uno de los recuerdos que estructura el texto está centrado en la relación con el agua a través del nado: a partir de la frase “mamá nadaba muy bien” el relato incorpora el recuerdo de cómo la madre le enseñó a nadar e inaugura el nado metafórico de la protagonista. Nadar es, entonces, una metáfora del viaje (o hasta del duelo) interno que atraviesa la hija. Pero, también, es otro de los procedimientos que permiten desplazar la descripción de lo que la narradora “siente” a través de la focalización en su relación con los “estados de la naturaleza”.


La mañana del día siguiente al velorio la protagonista sale al parque de su casa: “Me acerqué al arbusto con hortensias. El tallo de una flor estaba semi-partido. Lo arranqué. Pensé que si lo ponía en un vaso con agua podría sacar brotes, para luego regresarlo a la tierra (…) Me levanté y fui hasta la cocina. Tenía que poner la hortensia en agua”. El deseo está asociado con el agua como elemento vital. Esto contrasta pero también potencia otro funcionamiento del agua en el mismo apartado: “En los velatorios, llorar es una prueba de verdad. A través del llanto, los demás comprueban que la persona verdaderamente quería al familiar perdido. Nadie se imagina lo que yo quería a mi mamá. Y tampoco lo que me costó llorar”. La vinculación más previsible del agua en la novela como par agua-llanto aparece como la más conflictiva, como aquella que no puede producirse.


Esto se enfatiza aún más en los párrafos que narran el entierro. Nuevamente, no hay agua como llanto (que sería lo esperable) sino que se desplaza al recuerdo de la madre nadadora. Hay una oposición entre pares complementarios: la tierra como símbolo del entierro y el agua como símbolo de la madre: “La tierra empezó a caer sobre el cajón. Se me apareció la imagen de mamá, nadando aquella tarde en el río. Vi su brazo extendido que me saludaba, sus ojos inquietos por una respuesta que no supe encontrar. La tierra seguía cayendo. Miré hacia arriba. Las nubes habían retrocedido. Voy a decir que eras una gran nadadora. Y que siempre te salías con la tuya, pensé. Volví la vista a la fosa. La tierra ya había tapado el cajón”.


El último apartado es el único que está narrado en tercera persona (y no en primera). Relata, dos meses después, una mañana en la vida de la protagonista. Es el reencuentro con la figura de la nadadora. Pero que ahora es ella misma: “El encuentro de nuevo con el agua era mayor a cualquier otro pensamiento (…) Le gustó verse abrazada por el agua, recuperar esa condición natural”.


Maria Florencia Angilletta